La estructura de comunicación que ha creado internet nos acerca a un sinfín de información, es comprensible que en este contexto se pueda generar un exceso que paradójicamente provoque desinformación, sin embargo, la función de estas líneas es mostrar otro de los efectos: la intolerancia.
Con la posibilidad de conectarnos con personas que tienen la misma o similar posición ideológica que nosotros en cualquier parte del mundo, nos encontramos ante la concreción de una comunidad global cuyo elemento de ligación decidimos “libremente”, sean cuales fueren nuestros intereses, podemos encontrar personas que los compartan e incluso, y esta es una de las actividades que más potencian a la internet, unirnos para concretar exigencias. Sin embargo, el fenómeno de la intolerancia nace en esta misma posibilidad, a través de la discriminación de contenidos contrarios.
El reducir o eliminar el estudio de posiciones contrarias a la nuestra debilita el debate, empobrece los aspectos teóricos e informativos que alimentan nuestras ideologías, y genera distensión social, porque lo que aparentemente se muestra como una comunidad plural paulatinamente se polariza, perdiendo la capacidad de reconocerse unos a otros
Si todo es información, como afirma Habermas, la necesidad de romper las barreras personales es imprescindible, acercarnos a puntos de vista contrarios a los nuestros es entonces impostergable, no hacerlo imposibilitará aún más la comunicación entre los individuos, y la democracia, al menos como el juego de las mayorías, se tornará más difícil en una sociedad cada vez más reactiva.
¿Exigir el conocimiento de las opiniones contrarias a las nuestras se convierte en una obligación que atenta contra nuestra libertad o en un deber social? ¿Se puede ponderar entre el derecho de existir de las comunidades virtuales y el del Estado?
La reflexión del día: ¿Virtual o visible?
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